La noche en la que Catherine Deneuve me besó  (Relato)
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La noche en la que
Catherine Deneuve me besó

(Relato basado en hechos reales)

Publicado en el libro "Arte Euroamericano"
Buenos Aires, Argentina. 2003.
(Autorizada su publicación en dicho libro, de manera no exclusiva)

Autor:  Antonio Gualda Jiménez
8  Copyright by Antonio Gualda Jiménez. GRANADA. España

  Mi amigo y compañero Alberto, y yo, salimos de la sala en la que, teóricamente, yo había estado moderando una "mesa redonda" entre compositores, intérpretes y directores de orquesta. Una incipiente gripe, de cuya fiebre no quiero ni acordarme, me había impedido moderar lo que había de moderar, de manera que quien había moderado, realmente, fue la arpista María Rosa Calvo Manzano, que se aprestó a sustituirme en el momento matutino en el que descubrió mi lamentable estado.
  Yo había permanecido junto a ella, tras la mesa redonda, que no era redonda, sino rectangular. Había exagerado mi afonía, ronquera, o lo que queráis que fuera. Por tal de no tener que levantar la voz. María Rosa había moderado lo suyo, dentro de lo que los locuaces asistentes le permitieran. Mientras que yo planeaba cómo podría coger una de aquellas banderitas a todo color que poblaban la susodicha mesa. Sin éxito alguno, porque los asistentes, en general, se habían mantenido escrutando mis más leves movimientos, con la insana intención de descubrir cuán grande era mi exageración.
  Me quedé sin banderita, pues, en aquella tarde de octubre de 1.992.
  Cuando Alberto y yo casi salíamos, ya, del Palau de la Música de Valencia, pensando en la cena en el hotel y en la cama de después, observamos el gran ajetreo de gente emperifollada que se debatía por el "hall" del tremendo edificio.
  Alberto vestía un jersey raído y pantalones vaqueros. Su pelo, para que os hagáis una idea, presentaba el mismo aspecto del pelo del mismísimo Einstein, según se le conoce por fotografías publicadas en prensa.
   Yo iba de traje. Traje, sí, pero verde. Traje de tarde, que no, de noche. Siendo la cosa que ya había anochecido.
  -¿Que pasa?
  -Que está a punto de llegar Catherine Deneuve para presentar su nueva película, "Indochina", en la Mostra.
  Eso es lo que escuchamos, inopinadamente.
   Alberto me miró inquisitivamente. "¿Nos quedamos?". "¡Toma; pues claro!".
  Desde la misma puerta de entrada, le empujé y lo introduje en el pasillo acordonado y alfombrado, a cuyos lados se debatía gran cantidad de público, de donde procedían ciertos grititos frutos del nerviosismo de las fans.
  -No corras tanto, que "el paseíllo de las estrellas" hay que hacerlo con parsimonia, saludando a ambos lados...
  La gente nos vitoreaba, confundiéndonos, probablemente, con actores de cine, o con productores... Los focos de luz entraron en celo y nos achicharraron nuestros cansados rostros. Decenas de "flashes" nos remataban...
  -¿Qué diremos, si alguien nos pregunta que quiénes somos?
  Miré, sorprendido, a mi Albertico: "¡Pues quiénes vamos a ser! Tú, Woody Allen, y yo, Dumbo". Asintió, dado su aspecto y dadas mis grandes orejas.
  Llegamos al frontis, antes de que el pasillo torciera hacia la izquierda en ángulo recto. Allí nos esperaba la alcaldesa de Valencia, doña Rita Barberá, y otro señor que el día anterior nos recibiera en el Ayuntamiento (¿o había sido en la Diputación?).
  Besé a la alcaldesa y di la mano al señor que estaba junto a ella. Los focos, cámaras y "flashes" redoblaron sus esfuerzos, mientras yo decía: "Doña Rita...".
  Inmediatamente, nos situamos junto a esas dos personalidades, como si nosotros mismos también lo hubiésemos sido. Así, recibimos y saludamos, e, incluso, besamos a casi todos los que nos siguieron en eso de hacer "el paseíllo de las estrellas".
  Llegó Berlanga  -uno que era director de cine- con su esposa y otra pareja. En cuantico besó a doña Rita, se abalanzó sobre mí y me dio un soberbio abrazo. Tan soberbio, que casi me descuajaringó:
  -¡Hombre! ¡Me alegro de verte! -me dijo, ante mi estupor, pues si bien yo sabía quién era él, él no sabía, ni de coña, quién coño era yo- ¿Te vas a quedar varios días aquí?
  Mientras tanto, el follaero de luces se había vuelto a emplear a fondo con nosotros.
  Berlanga se situó a mi lado. Y sus acompañantes, a continuación. Ya éramos ocho
las "autoridades" que recibíamos a los que recién llegaban.
  -Voy a mear. Esperadme... - nos gritó Berlanga mientras se alejaba.
  De entre la muchedumbre, que se apretaba contra los gruesos cordones que la acordonaba, distinguimos el movimiento desesperado de unos brazos en alto, que pertenecían a un hombre bajo. Y de cara redonda... "¡Leñeñotas! ¡Pero si es García Asensio, el director de orquesta que yo he -teóricamente- moderado hace un rato!".
  -¿Cómo habéis entrado, machos? -nos inquirió mediante gritos que pretendían ser silenciosos.
 -Por la puerta...
  En menos de dos minutos, este García Asensio ya estaba con nosotros, conformando una ristra de "autoridades" que ya se elevaba al número de nueve personas.
  No bien se hubo acomodado, el amplísimo "hall" del Palau rugió: la guapa y fría estrella de cine acababa de llegar.
  Cuando llegó hasta nosotros, sólo le permití que besara a doña Rita... y a mí. los demás eran muy bajitos, excepto Berlanga, a quien yo había situado en el "corner" de la hilera de "personalidades".
  Le tomé su gélido brazo derecho, a la par que enviaba a mi Alberto a su izquierda, y, los tres, proseguimos con el famoso "paseíllo", ya, hacia la izquierda y con el propósito de ganar la ancha escalinata que llevaba hasta la sala grande del edificio, donde habría de proyectarse "Indochina".
  Caminamos muy lentamente, como procede hacerlo en estos casos. Yo la resquebrajaba diciéndole terribles requiebros en un idioma ininteligible para ella.
  Ella me sonreía, complacida, cuando me escuchaba decirle: "¡Recoño! ¡Tienes que tener el culo más frío que la picha de un pez".
  En derredor nuestro, chorrocientos fotógrafos y "cameramen" delimitaban un amplio y perfecto círculo.  Ya estábamos tostándonos, mi Alberto y yo. Porque ella venía bien protegida con una gruesa capa de cremas.
  Mi Albertico, ebrio de éxito, hizo el "paso del cojo", una pirueta que yo le enseñara a hacer años atrás, con grave quebranto para mis vértebras lumbares. El rugido del público se tornó ensordecedor. Mientras, mi gripe y yo susurrábamos terribles burradas en el oído derecho de la estólida estrella...
  Como era de esperar, llegamos al pie de la escalinata, para escalarla inmediatamente. Al acceder al rellano, desde el que se divisaba la gran sala, guiñé a mi Alberto.
  -¡Vamonos, tío!
  Ofrecí, de nuevo, mi mejilla derecha a aquella chica, no tan joven ya.
  Su sorpresa no le impidió volver a besarme.
  Tras lo cuál, le lancé un ademán de despedida, al modo de Humphrey Bogart.
  Nos dimos media vuelta y bajamos apresuradamente la escalera.
  En cinco minutos, nos encontramos en el comedor del hotel
  Tras la sobremesa, que prolongamos adrede, dado que mi fiebre se había esfumado como por encanto, nos encaminamos hacia uno de los ascensores.
  De suerte, que mientras esperábamos el nuestro, la Deneuve apareció acompañada de una señora mayor, con toda la pinta de ser su ayuda de cámara. Se situaron ante la puerta de otro de los ascensores.
  -Good night -me despedí, definitivamente, al montar en mi ascensor.

FIN

(Pie de página:  Antonio Gualda Jiménez es compositor sinfónico, pintor y escritor.
Su pintura "De tus cuencos huidizos" está publicada en este libro.
Web: www.gualda.galeon.com ).



http://www.gualda.galeon.com/id102.htm
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