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El Desembarco
Relato de Antonio Gualda Jiménez
Este relato se publicó por primera vez, y de manera NO EXCLUSIVA, dentro del libro "GRANADA, 1936. Relatos de la guerra civil", publicado en 2006 por la Obra Social de Caja-Granada.
(En dicho libro, quedaron publicados un buen número de relatos, escritos por los autores de más prestigio de Granada).
8  Copyright by Antonio Gualda Jiménez.
A Manuel Reyes Gutiérrez, artista excepcional.

Manuel era un acreditado escultor, constantemente reclamado desde distintos puntos de la piel de toro para tallar imágenes de santos que adornasen iglesias de dispar tamaño. Manuel era sabio, habilidoso y callado; esto último, debido a su enorme timidez, porque podría dar lecciones al más pintado, dados sus amplios conocimientos sobre lo divino y lo humano.
El estallido del gran follaero le pilló lejos de su ciudad. Cayó en las filas de uno de los dos bandos contendientes, sin venir a cuento que aquí se aclare si tal bando era el rojo o era el azul. Como tampoco tiene relevancia alguna si Manuel era o no simpatizante del bando que le había tocado “en suerte”. Aunque quizás no esté de más aclarar que a Manuel no le gustaba ni un pimiento el asunto militar...

Fue cuando, en la costa norte levantina, más o menos donde habría que situar al supuesto ojo de la jovial cara este del mapa de España, se encontrase a bordo de un maltrecho barco perteneciente a una zarrapastrosa flotilla que descansaba en un pequeño puerto a la espera de recibir aviso para entrar en acción.
Disfrutaban -los improvisados marineros (porque, ¡de qué, que Manuel fuera marinero!) de los escuálidos barcos- de unos días de sol y de descanso en los que la radio perteneciente a la “unidad naval” de Manuel había sido desalojada para efectuar en la misma labores de reparación y mantenimiento; circunstancia de obligada mención en la referencia de esta pequeña historia, real y verdadera como yo mismo.
Súbitamente, la flotilla recibió orden de ponerse en marcha. Debía surcar los mares hacia el sur, puesto que se trataba de tomar una plaza del Levante bastante más bajo, en cuestiones de latitud; orden recibida por todos los capitanes cuando aún se encontraban en tierra, y de palabra de las que no se las lleva el viento, que fue acogida por todos con la natural desgana, pero que, como ya se pueda columbrar, no había manera de evitar.
Por lo que la media docena de barquichuelos soltó amarras y se puso en movimiento, aguas abajo.
Manuel reflexionaba sobre su situación: él, que si le llegaba el momento de tener que disparar contra un adversario, probablemente, le pediría antes permiso y perdón, pues su natural era el de un hombre humanista, tímido y cortés, y, enseguida, dispararía, pero al cielo, claro...
O al cielo claro...
No le habría gustado verse envuelto en algún combate, de ésos en los que se disparan con los fusiles y la gente va muriéndose sin saber muy bien por qué.
Algo, sin embargo, habría de cambiar el curso de los acontecimientos.
La flotilla recibió una contraorden a través de la radio. Fue entonces cuando la tripulación del barco de la que Manuel formaba parte no pudo percatarse de la misma -de la contraorden-, por la que se les intentó decir “que volváis al puerto de origen, que nos hemos enterado de que el enemigo malo ha enviado grandes refuerzos a la plaza que se os había encomendado tomar”.
El contenido de dicho mensaje, naturalmente, no llegó al conocimiento de la tripulación del barco en el que viajaba Manuel: la emisora de radio, con las prisas, se había quedado en el taller de reparaciones de la ciudad de la que procedían. De manera que, pasado algún tiempo, los consternados tripulantes dejaron de avistar al resto de las embarcaciones de la flotilla.
-¿Se nos habrán adelantado? -se preguntaban, un tanto mosqueados y a sabiendas de que el potencial de su barquichuelo no daba como para echar carreras marítimas -regatas, esas cosas-.
Pero no; no era esa la razón. La cuestión era, naturalmente, que los cinco restantes barcos, que sí tenían sus receptores de radio en perfectas condiciones, se habían dado media vuelta, un giro de 180 grados sobre su inicial rumbo, para regresar al puerto de origen.
Así, la embarcación del apocado Manuel llegaría a su predeterminado destino con toda la tranquilidad y confianza del mundo, pues, pensaba el capitán del navío: “¡Esto va a ser un paseo militar, según nos han hecho saber!”.  
Sí; ¡un paseo!
Cuando arribaron al sureño puerto, echaron amarras, tan convencidos de que la misión que les habían encomendado era de poca monta, casi un trámite.
Y, por supuesto, seguían reparando en el hecho de que de los otros buques no se veían ni los rabos.
-Bueno: pues ya irán llegando -se decía el confiando capitán.
Con sus antiguos mosquetones en bandolera, fueron desembarcando entre bromas y ninguna precaución.
Desde ahí, hasta ser apresados por las huestes enemigas, sólo transcurrieron un par de minutos.
O menos...
-¡Ostras! Pero, vosotros: ¿no sois de los nuestros?
-¡Sí, sí! ¡Jeee...! ¡De lo vuestros! ¡¡¡Venga, “pa” la caldera!!!
Toda la tripulación del navío sin radio fue introducida en la nave central de la más grande iglesia de la villa, en la que un par de cientos más de prisioneros aguardaban no se sabía muy bien “qué”, y en la que los santos estaban apelotonados en el Altar Mayor, como vigías silenciosos y ¿perennes? Y como para irritar más a los descreídos “rogelios” que por allí había, sin que yo revele si los nacionales eran los prisioneros o los apresadores.
Manuel, escéptico hasta la médula, que no anticlerical por vísceras, al que nunca se le habría ocurrido meterse en la barahúnda que supuso el trabajo de ponerse a quemar conventos, que él no era creyente, pero que respetaba -de lo educado que era, para las fechas en que se desarrollaba la cosa, que en eso admiraba al mismísimo Fernando de los Ríos- los sentimientos íntimamente religiosos de las demás personas, se sintió muy consternado.
No dejaba de asombrarse ante la sutileza del martirio minuciosamente achinado que suponía para sus compañeros de filas el hecho de que los hubiesen encerrado en tal recinto, fuesen creyentes, o no, que lo mismo daba para que el asunto resultase enojoso, en ambos casos.
Manuel observaba, atónito; pero, como siempre, estudioso, todos los pormenores de los acontecimientos.
En primer lugar, les desproveyeron de sus rancios mosquetones, aunque lo mismo habría dado, ya que no llevaban munición.
Acto seguido, el gran jerifalte de las fuerzas contrarias -las que ocupaban la ciudad- se encaramó en el púlpito y largóles un extraño sermón, tras el que preguntó, con sonora y potente voz baritonal:
-¡A ver! ¿Quiénes, de entre vosotros, son mandos, oficiales, suboficiales, jefes o generales?
Manuel era soldado raso; de lo más raso que se pudiese imaginar. Pero él conocía muy bien a los mandos de la unidad naval en la que había llegado hasta esa pequeña ciudad.
Pasados algunos minutos, nadie había levantado la mano para decir, por ejemplo: “Yo soy teniente, mi capitoste enemigo”.
“¡Se callan como putas, con perdón de éstas!” -pensaba el leído e improvisado marinero de agua salada.
Escrutando entre el gentío, pudo observar cómo, disimuladamente, los mandos de su tripulación se arrancaban los distintivos -galones y alguna que otra estrella- que les identificaban como tales, guardándoselos en los bolsillos de sus uniformes de faena o echándolos con zafiedad dentro de los cepillos para las limosnas, a fin de no ser cepillados ellos mismos.
Su sorpresa crecía a medida que constataba el acojonamiento de aquellos seres que horas antes habían estado arengándole a él -y al resto de la tripulación- para que entrasen valerosamente en combate, si hubiese sido necesario, al atracar en aquella pequeña ciudad.
En un abrir y en un cerrar de ojos, la multitud de prisioneros, improvisados fieles de aquella casi desnuda parroquia -cada uno, parroquiano malgré lui-, se acababan de convertir, todos, sin excepción, en soldados rasos. ¡Un milagro, dado el lugar donde se encontraban!
Transcurrieron un par de días de inusitado encarcelamiento, en los que ningún miembro del enemigo asomase sus narices por el recinto. El agua de los toneles estaba, ya, escaseando...
Y así se habría continuado, de no haber sido porque al más osado de los prisioneros le diera por asomar su bonita jeta por uno de los ventanales de ojiva -a la sazón, ausente de cristalera alguna- y comprobase que en la plaza contigua al templo no se percibía la presencia de ser humano alguno que vistiese uniforme militar.
Entonces, este atrevido personaje corrió la voz. Haciéndose, de paso, con el mando, pues aquello ya parecía un ejército trasunto del de Pancho Villa. Y eso que, anteriormente, sólo había sido un simple fogonero de las vetustas calderas del barquichuelo desprovisto de radio.
Poco a poco, y sin dar demasiado crédito a lo que parecía evidente, los prisioneros fueron saliendo al exterior, no tardando en llegar a la conclusión de que la ciudad había sido abandonada por el enemigo. Probablemente, debido a algún aviso por el que alguien les advirtiese de que las tropas contrarias se preparaban para dejarse caer masivamente sobre la consabida plaza -la plaza de junto a la iglesia, no: la plaza, como ciudad u objetivo militar- al objeto de ¿liberarla?
Los galones y las estrellas fueron volviendo, como por ensalmo, a los uniformes de los mandos de aquellas tropas. En algunos casos, tras romperse con cierta violencia varios cepillos de los destinados a las limosnas.
Mandos que, en tal situación, comenzaron a sacar pecho, dando órdenes a diestro y a siniestro.
Las que los soldados rasos se pasaron por la entrepierna, saliendo, cada uno, de estampida y echándose al monte con el loable fin de alcanzar su ciudad de origen o, al menos, alguna covacha segura donde esperar a que la cosa escampase.
Manuel, tranquilo él, echó a andar campo a través.
-¡Recoño! ¡¿A qué vendrán esas bullas?!
Mientras tomaba frutos silvestres, proseguía con sus elucubraciones:  
“¡Los rojos y los azules! ¡Je! ¡Cuando yo, de toda la vida, he sido azulgrana!”.

(Nota del autor: el contenido de este relato está basado en hechos reales que
me fueron desvelados, en persona, por el mismísimo Manuel).

8  Copyright by the Author.


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Portada del Libro, la Relación de Escritores que se incluyen en el mismo,
Entradilla al relato de Antonio Gualda y la primera página del mismo en el libro).


  

  




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