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Rosalía, en áloe (Poemario)
(Poemario dedicado a Rosalía de Castro)
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Autor: Antonio Gualda Jiménez.
8 Copyright by the Author. Granada, Marzo de 1.998.
Todos los Derechos Reservados
Próximamente, se incorporarán los recitados (en sonido) de "Impresionante soñadora" y de "Enhebro", pertenecientes a este poemario y que fueron leídos en el Centro Español de Rosario (Argentina) en Agosto de 2.005 por la actriz Esmeralda Bercovich.
Comentario del Autor:
Inspirado en la figura de Rosalía de Castro, canto a su figura después de más de cien años.
Ciento trece años después de su muerte.
Hay bastantes referencias a cómo fue ella y a cómo transcurrió su vida.
Aprovecho, en dicho poemario (que es como un todo unitario) para expresar mi idea platónica del amor.
Tal y como yo siento las cosas del... querer...
Rosalía, en áloe
Poemario de Antonio Gualda Jiménez
A Rosalía de Castro
1
¿Qué, de tu aislada soledad?
¿Qué, de tu aislada soledad?
¿Qué aislamiento sufres,
qué incomunicación desamparada,
abandono de un niño rosa
que te dejó,
olvidando su derecho sobre ti
y tu derecho sobre él,
si pervives en mi mente?
¿Qué,
de tu soledad,
si te has reunido, ya,
con él
-y conmigo-
un siglo después?
¿No percibes, también,
el aliento de quien te habla
desde el tiempo inefable,
inasible,
intemporal?
¿No me percibes?
¿Qué soledades sufres,
si te leo dormido
y te sueño despierto?
¿No me escuchas,
muerta?
¿No atiendes mi soledad?
2
El color de tus colores
Mi tierra no es del color de tu tierra;
aquí no llueve siempre.
Mi tierra, sin ser la tuya,
recibe la lluvia, extraña,
cada siete años, siete.
Trato de imaginar su color,
bajo los verdes prados sumergida.
Y trato de columbrar el color de tus emociones,
cuando las gotas de mi sangre caen,
cuando del cielo no viene la lluvia
en carapuchos de granos benditos
que no son sino gotas cristalinas.
¿De qué color era tu lluvia?
Pienso en tus bosques,
teñidos de pardos árboles,
pero verdes, por sus hojas.
¿Cómo los verías, a través de los mantos de agua?
¿Serían verdes y pardos,
como pudo ser el signo de tu vida?
¿Y el color de tu dolor?
¿Amortiguado,
sosegado,
oscuro, por profundo?
¿Cómo fueron,
dímelo, de verdad,
tus colores?
3
Impresionable soñadora
Alma,
¿qué haces tras esa puerta?
¿Aún me escuchas,
alma muerta o viva?
Alma intemporal,
esqueleto de dulces instrumentos
que, al tañerlos,
tabalean mis entrañas.
¿Escuchas la música de mis sentimientos?
¿Estás ahí,
alma de rosa?
¿No ves cómo yo,
preso de tus tiernos sentires,
de tu íntima gracia,
suspiro por ti?
Alma,
tus ensoñaciones me provocan,
tus impresiones se desbocan
y me hacen correr tras las nubes
que se niegan a darme los labios...
de tu boca, cerrada por tu pluma.
Alma,
responde a mi llamada,
que siento mi soledad
tras los visillos de mi ventana.
Alma, por fin llueve.
4
Tu triste faz
Contemplo tu rostro,
opuesto al dictamen del Destino,
tolerante con tus adversidades;
me parece oscuro,
mas
seguro.
Tus párpados,
entornados,
-quizás como la puerta
tras la que puedas estar escuchándome-.
No es circunstancia casual,
sino el efecto de tu dolor sosegado,
asumido,
resignado, pero alentado,
sin alentar aliento
para el reencuentro en el más allá.
Tus pómulos son poderosos;
manzanas agridulces
que sobresalen
y recubren tu alma inmortal,
como natural armadura
-arma defensiva de tu alma,
sustento de tu edificio personal,
conjunto de bemoles,
más que de sostenidos,
que te sostienen
y del mal te resguardan-.
Boca de Gioconda,
si tus ojos no delataran
ausencias cínicas.
Boca dulce,
tierna,
que aparenta renacimiento,
que el rictus,
de tu rostro entero,
deshace
revelando tu romanticismo.
¡Y tu pelo!
Cabellera tupida y hermosa,
de mujer en equilibrio con la vida.
¡Ahí le ganas la batalla!,
por dolorida, no menos controlada.
Cabeza erguida,
sobre un cuello fortalecido
que se caldea en la recacha
de tu abrigo noble.
¿Es triste tu expresión,
o refleja tu imperturbable paz?
Advierto , en tu faz,
un dolor controlado
que, hoy,
compensado,
descansa
y en paz reposa.
¡Al fin, eres hermosa!
5
Te extraño
Tu ausencia,
extraño la privación de tu ser hermoso.
Tu ausencia,
la que tan bien me habla de ti,
la que susurra
en mis sordos oídos.
Corro el velo,
amasijo de tules;
lo aparto y no te encuentro.
No estás;
me has abandonado,
dejado en melancólica soledad,
severamente olvidado.
¿Adónde has ido,
pájaro eternizante,
ave imperecedera,
perpetua alegría?
Todos te querían,
¿recuerdas?
Te lo decía, temeroso,
pues, quizás, a otros brazos correrías.
Pero yo te lo decía.
¿A quiénes alborozas ahora,
hermoseando tu dulzura?
Te busco entre los paños,
entre las telas del deseo
de ir a tu encuentro.
Mi lecho ya no es el mismo
-un tálamo mortuorio se me antoja-,
tampoco sus sábanas,
en las que antes remoloneara;
ni aquella piel de guanaco
sobre la que echaras tus guanteletes
y que el indiano nos trajera
desde el Columbus creciente.
El aire no es ya ni éter,
no lo puedo respirar.
Voy de estancia en estancia
sin reconocer sus enseres,
que las atestan;
y, sin embargo,
a mí me parecen desiertas,
ralas.
Suenan gritos de niños
en la balaustrada;
las baldosas de la calle
son tomadas a la carrera.
"¡Yo, el primero!".
Gritos zalameros
que huyeron,
como tú,
de mi alegre, entonces, lar.
Los oigo desde la ventana,
de la que ya no me siento propietario,
pues todo me es ajeno.
Son los mismos gritos de aquellos infantes,
chicuelos que brincaban,
y con los que tú jugabas.
¡Qué lejos quedan los días
en que los chiquillos jugueteaban
por los pasillos de mi casa,
que todavía era hogar!
Por los pasillos,
corredores,
que para correr les servían,
y no por la balaustrada.
Te has ido,
y, contigo, los ríos de vida
que otrora se deslizaran
por los cauces de mi alma.
Y, contigo,
tantas gentes menudas
que alegraran nuestras almas.
¿Por qué, también,
esos aprendices de mozuelos
los escurriste de entre mis dedos?
¿Acaso te los llevaste?
Los echo de menos,
como a ti,
envuelto en el velo de unas lágrimas
que no quieren salir de mis ojos,
ni por mi rostro resbalar.
Saudades, tú dirías;
abatimiento de mi alma,
siento yo.
¿Por qué te has ido,
llevándote los chicuelos,
pequeños dones del cielo
que, contigo,
me hicieran vivir?
6
Enhebro
Sobre el viento que hurta encima de tus árboles
inquiero al dueño del agujero,
taladrando lo no horado.
Es la búsqueda de los cormos,
que actuarán de enfiladores.
Talo los tallos sobresalientes
y degluto los crujientes meollos
de tales frutos sin almíbar,
pero enresinados,
engominados resecadamente.
¿Quién, sino yo,
podría gustar del aire punzante
en cuyas viejas lanzas viajas,
perforas
y resuelves por los mortales?
¿Quién?
Con la aguja de mi espíritu
pretendo ensartar el tuyo
-rosa galaica-,
el que se mueve por los aires
y acompaña a la procesión de ánimas
a través del camino de los tiempos.
¡Yo te ensarto, amiga mía!
Tu enigma viaja en pos del mío,
siendo tus caballos
vacuos de materia,
y siendo tus hitos
dentelladas de querencias
abandonadas a su suerte.
¡Yo te enhebro, viajante etérea!
Yo te enhebro,
inmaterial sustancia de los pazos,
con la aguja sublime
del cuarto de siglo.
Te enhebro y no dices nada,
sientes.
Te enhebro y viajo contigo
suspendido por los hilos del amor caliente
de dos almas que omiten sus tiempos,
y que los ignoran.
Asientes.
7
El giro temporal
He regresado más de cien veces,
ciento trece, quizás.
He regresado a tu tumba,
empadronada,
asentada con intenciones definitivas
que trato de evitar.
Pero yo nunca he ido a Galicia.
Te he empajolado,
a través de la lápida.
He sahumado
tu esencia mortal
de la tina de vino de rosas
y te he empalado con el rejo invisible
con que te he sorbido.
Te tengo,
enhebrada en la aguja del tiempo.
Ya sí te tengo.
Y contemplo el camino,
que recorreremos en sueños.
¡He regresado ciento trece veces!
¡Ciento trece avanzaremos!
8
Ésteres
¿Qué envoltorios,
lienzos de finas arpilleras;
qué atadijos,
qué fardos
te dan la vida que quizás no perdieras?
¡¿No ves que tu vida vive?!
¿No ves cómo tú,
sumergida en aceites
y en bálsamos
-espesados por el ralo aire de tu tumba-,
que se han vuelto sólidos
porque el tiempo lo ha querido,
como ha impedido la huida de sus aromas,
vives?
(¡Como ha querido
que llegaran a otra centuria,
y a otro milenio!).
Y te reconoces modernista,
te asombras.
"¿Quise hacer eso, yo?"
9
El paseo
Es desde tu jet celestial
que observas el paso de los elefantes
de las corrientes marinas,
titánicas.
¡Noventa y ocho son los hijos de Ganivet;
noventa y ocho, los de Costa!
¿Y los intermedios?,
¿cuántos hijos tuvieron?
Miras de reojo tu primer postcuarto de siglo...
("¡Eros, hijo de Afrodita y de Zeus,
resucita!"
"¡No puedo, Marte me ha desplazado!")
y compruebas el crecimiento moderno,
y el de los veintisiete caballeros de Helena,
tatarabuela de Luis,
el gongorino.
"¡Modas!",
musitas, recordando tu intergalaica existencia
hendida por una sola visita a la meseta.
"¿Qué hacen? ¿Se refugian los unos en los otros?
Yo estuve tan sola...
que no me arrepiento".
Estás, ya, en un segundo cuarto de siglo,
destilando un amor
(néctar de tu corta existencia terrenal),
cuyo zumo nadie beberá.
Mas suenan disparos,
al comenzar el tercero.
"¡Alguien muere!",
me dices,
viendo nacer a la madre de Lucy,
la niña a la que los Magos,
desde el cielo de Oriente,
llevarían:
diamantes,
pólvora
y neutrones.
Alguien sigue muriendo;
Rita Hayworth
estrella su irónica sonrisa,
sardónica, por abombada,
(sin sufrir ningún daño)
contra el suelo,
no tan duro,
japonés.
"¡Ah!,
Margarita Carmen Cansinos:
¿qué has hecho?!"
Tras el ajetreado viaje
de tu segunda postumidad,
en la que algunos brazos tiraban de ti
-y de mí-,
queriendo arraigarte
de nuevo, a la tierra,
y, otros,
expulsarte de la misma,
reposas, fríamente,
sobre el pensamiento controlado.
"¿ Dónde, el sentimiento individual?".
Has de escrutar ocultos hogares.
Tus semejantes están agazapados,
temerosos de la censura,
o,
simplemente,
ajenos al exterior.
"Como yo".
Sí, como tú,
rosa galaica.
Plasman sus impresiones
que acaban en cajones escondidos
(¿los sacamos y los esparcimos,
derramándolos sobre las plumas de los censores?).
¿Decadentemente?,
una ola de amor recorre el Universo
en tanto que,
escarchadamente,
los emblocados se lanzan venablos dialécticos
(unos temen a la Coca-Cola;
los otros, a los archipiélagos siberianos)
y dardos punzantes,
que van directos
al corazón del método hamburgués
de las cuentas corrientes
o al del análisis de la realidad
("¿Qué son esas cosas?
¡Quiero volver a mi tumba!
¡Tengo tanto frío, aquí..!").
No, aguarda,
el polen de tus versos germina en algunas almas.
Ya llegamos, mi amiga;
los centuriones del Este
han cedido.
10
Rosalía, envuelta en áloe
De los miles ochocientos
(tu íntima sencillez),
al par de miles
(tu nostálgica seguridad);
de los veinte cientos
(tu acento dolorido),
pasando
por los miles de novecientos versos
que escribieras,
junto a tus cantares
y a tus hojas.
¿No pudieron
(tus versos, tus cantares, tus hojas)
cicatrizar tu piel,
desgarrada por heridas de tu alma hermosa?
¿No te hicieron transpirar y expectorar
(tus orillas sin dibujar)
por tus poros,
por tu pecho,
por la acción del gralte
y de las resinas del tolú colombino?
¿No deseaste deslizar
tu sentimental tono
por el carretil del tiempo
que siguen las procesiones de ánimas
a través del mar,
destinadas a recalar en las galaicas Américas?
Tú,
hija de un mar
cercano,
invisible.
Tú,
regalía de la Naturaleza,
¿no deseaste, nunca,
convertirte en regalicia,
para ser sahumada por el resto de los mortales?
Tú,
vestida por ruinas romanas,
te me presentas envuelta en áloe,
con tus zapatos de gamuza azul
(¿o serían altas botas?)
calzados por un caballero real.
Tu primer loco
(yo),
trata de aprehenderte,
pero los bálsamos le hacen resbalar
por la realidad que le describes,
por la impresión de tu naturaleza,
por tu formal rostro,
impreciso,
quizás a causa de tus metros medidos.
Tú y yo
danzamos al son de tus ritmos,
congruencia enlazada.
Junto a ti,
embalado en tu misma fina capa de óleo,
viajo.
Tu asombro crece,
los ciento trece años te quieren.
"¿Quise esperar eso, yo?".
FIN
Índice
Hoja nº: Poema nº: Título del Poema:
1 : 1 ¿Qué, de tu aislada soledad?
2 : 2 El color de tus colores
3 : 3 Impresionable soñadora
4 : 4 Tu triste faz
6 : 5 Te extraño
9 : 6 Enhebro
11 : 7 El giro temporal
12 : 8 Ésteres
13 : 9 El paseo
16 : 10 Rosalía, envuelta en áloe
18 : --------- (Índice)
Comentarios de lectores:
De: "María Jesus Casal"
Fecha: jueves, 29 de septiembre de 2005 0:17
HERMOSAS COMPOSICIONES ( II ).
Voy teniendo más tiempo y leo, cuando puedo centrarme, tus poemas sobre Rosalía.
¿Qué extraño misterio hizo que un ARTISTA de Granada escribiera tan lindas cosas de Rosalía de Castro, siendo esta Gallega?
Felicidades Antonio.Tú serás feliz componiendo estas cosas tan bellas. Los que las oímos, y leemos, sentimos esa parte de felicidad, que tú tienes que sentir por fuerza cuando las creas.
Mucha salud y suerte para, ¡ojalá!, tu larga y fructífera vida.
Mª Jesús Casal.
La Coruña.
Antonio, me emocionó el poemario a Rosalía de Castro. Me pareció magistral, a la altura de las circunstancias. ¿Cuántas horas tienen tus días, que los haces tan productivos?
Ana González.
Tenerife, 26 de Diciembre de 2.003.
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http://gualda.galeon.com/id178.htm
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