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Relatos de Antonio Gualda
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ANTONIO GUALDA, Relatos
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8 muestras de Relatos de
Antonio Gualda
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(Estos Relatos están Registrados en la Propiedad Intelectual.
8 Copyright by Antonio Gualda Jiménez).
Está prohibida la reproducción total o parcial de cualquiera de estos relatos, o de las imágenes adjuntas, sin la autorización expresa y por escrito de Antonio Gualda Jiménez.
(AVISO:
De su amplísima producción literaria en este género, éstas son 8 muestras -incompletas- de los relatos cortos de Antonio Gualda).
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ÍNDICE ( = Index):
1.- "Un feliz nocturno". (Muestra).
2.- "Crímenes en La Vega". (Muestra).
3.- "La Pálida". (Muestra).
4.- "Anochecer en Ef Hall". (Muestra).
5.- "Un trasatlántico, en particular". (Muestra).
6.- "Encuentro en un motel". (Muestra).
7.- "¿Desde el Talgo, en marcha?". (Completo).
8.- "Un extraterrestre en el ordenador". (Muestra).
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1
Un feliz nocturno
(Muestra del Relato)
Autor: Antonio Gualda Jiménez
8 Copyright by Antonio Gualda Jiménez; 1999.
(Obra registrada en la Propiedad Intelectual).
All rights reserved.
Publicado en papel dentro del libro “TALES RELATOS” DE Antonio Gualda,
por el Círculo Artístico “Leonardo da Vinci” el 10 de Octubre de 2005.
Esta muestra es el comienzo del Relato:
Pasaba casi a diario ante la gran casa que marcaba un hito en la mitad del recorrido que había entre la ciudad y su propio domicilio. Los ladridos de un perro (que bien podría ser guardián, por la ferocidad que aquéllos destilaban) le acompañaban desde los tres metros anteriores a la labrada cancela de hierro hasta el final de los tres posteriores; entendidos, todos ellos, como parte de la acera por la que él caminaba; esto es: como zona exterior al recinto al que se accedía si se traspasaba la trabajada verja.
Cada vez que por allí andaba recordaba las tardes en las que, durante un verano de treinta años atrás, solía ir a nadar, en compañía de una chica francesa, a la piscina que había excavada en el costado sur de la finca. La muchacha extranjera debió conocer a los dueños de la mansión o tener algún tipo de contacto con personas que les conocieran de primera mano, pues en su memoria -de él- no quedaban rastros (ni restos) por los que pudiese determinar que aquellos baños se llevaran a cabo debido a su propia iniciativa...
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2
Crímenes en La Vega
(Muestra del Relato)
(Obra registrada en la Propiedad Intelectual).
All rights reserved.
8 Copyright by Antonio Gualda Jiménez. Granada, 1997.
Publicado en papel dentro del libro “TALES RELATOS” DE Antonio Gualda,
por el Círculo Artístico “Leonardo da Vinci” el 10 de Octubre de 2005.
Esta muestra es el comienzo del Relato:
Anatoli Plejánov llegó a la posada The Star. Ésta estaba situada a la derecha de la carretera del pueblo La Vega, que, a su vez, se alzaba al pie de Montaña-Nevada. Hacía mucho frío.
Buscó un lugar para aparcar. Tardaría algunos minutos en encontrar una plaza libre. Bajó del caballo y lo ató a la barra dispuesta al efecto deseado. Tomó su escaso equipaje y se introdujo en la fonda.
En el interior, el aire era espeso.
"No se puede respirar, pero, al menos, aquí no hace frío".
Un gentío llenaba el bar, tras cuya barra un grueso camarero de edad mediana, y que tenía aspecto de "dueño", daba órdenes a dos jóvenes mozos.
-¡Daos más prisa! ¡Hay mucha gente esperando su consumición!
Anatoli Plejánov se quitó su gorro de cosaco ante la absoluta indiferencia de los parroquianos. Se dirigió al hombre con aspecto de "dueño".
-¿Tiene usted habitaciones libres?
-Sí, claro. Todas las habitaciones de la posada están libres. ¿Cuántas necesita?
-Una; y un establo para mi caballo.
-¡Hecho! Venga conmigo.
...
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3
"LA PÁLIDA"
(Muestra del Relato)
(Relato de Antonio Gualda Jiménez.
8 Copyright by the Author, 1999).
entrando en su sección de "Cuentos y Relatos" y buscando en la misma por el primer apellido del autor ( Gualda )
Esta muestra es el comienzo del Relato:
Nácar-Face andaba algo preocupada. Su vida no se estaba desarrollando según el plan previsto en el famoso cuento que narraba cómo fue rescatada del Reino de los Lamelibranquios mediante el ósculo salvador de 'El Príncipe Azul'. ¡Hasta aquéllos parecían haber desaparecido de la faz de la tierra, dejando sin sentido a la renombrada fábula!
Aquella mañana, Nácar-Face se desperezó con la desgana propia de quien sabe que sus horizontes estaban trazados por temblorosas manos.
Se plantó ante el gran espejo que había en la alcoba que estaba ocupando y contempló (casi con indiferencia, ya) su rostro, en el que se habían ido marcando a fuego los hitos de sus desdichas.
Ya no era una mujer bella. De su faz había desaparecido aquel color y aquella textura similares a los de la porcelana irisada que la hiciesen célebre años -demasiados, quizás- atrás. Ahora presentaba una tez curtida, semejante a la que ofrecen los rostros de los hombres que trabajan en el campo de sol a sol.
...
("LA PÁLIDA", relato de Antonio Gualda).
(Este relato está inspirado en la figura de Camilla Parker-Bowles, quien se encontraba pasando unos días de asueto en la finca "Molino del Rey" de Íllora (Granada. ESPAÑA) cuando falleció Diana de Gales).
8 Copyright by Antonio Gualda Jiménez.
Obra registrada en la Propiedad Intelectual.
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4
ANOCHECER EN EF HALL
(Muestra del Relato)
Autor: Antonio Gualda Jiménez
8 Copyright by Antonio Gualda Jiménez; 1999.
(Obra registrada en la Propiedad Intelectual).
Publicado en papel dentro del libro “TALES RELATOS” DE Antonio Gualda,
por el Círculo Artístico “Leonardo da Vinci” el 10 de Octubre de 2005.
Esta muestra es el comienzo del Relato:
Sentóse a la mesa, dispuesto a despacharse el té de las cinco. Habitualmente, no ingería más que una taza del áspero brebaje, que solía acompañar con un par de galletas exentas de cualquier tipo de confitura. Mas, Sir Ef quiso hacer una excepción aquel día, que ya se estaba convirtiendo en noche.
"¡Romper la rutina! ¡Es una frase hecha, un tópico; pero eso es lo que voy a hacer hoy!".
Hasta ese momento, había pasado la tarde realizando los actos y los movimientos propios de su ritual particular, que, desde años atrás, venía observando.
Acababa de dejar en el cercano aparador su más gloriosa colección de fetos de animales (que utilizara en sus investigaciones, ya lejanas) conservados en formol, tras haber acariciado sus espléndidos recipientes de vidrio de la más alta calidad.
"¡Magnífica colección; sí, señor!".
...
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5
Un trasatlántico,
en particular
(Muestra del Relato)
(Autor: Antonio Gualda Jiménez.
8 Copyright by Antonio Gualda Jiménez. Obra registrada en la Propiedad Intelectual. All rights reserved).
Publicado en papel dentro del libro “TALES RELATOS” DE Antonio Gualda,
por el Círculo Artístico “Leonardo da Vinci” el 10 de Octubre de 2005.
Esta muestra es el comienzo del Relato:
Un pequeño puerto de la geografía sur española, zona oeste del Mediterráneo. Un buque trasatlántico (que más parecía ser una fragata, debido a sus reducidas dimensiones) se disponía a zarpar.
-¿Es nuestro este barco? -preguntó María C. de Mila.
-No, hija; es de tío-abuelo Eduardo. Ya sabes que es muy rico. ¡Es nuestro tío rico que vive en América! ¡Ja, ja, ja...!
Arturo se tomó un respiro, después de proferir la carcajada. Repuesto de los efectos somáticos (atribuladas sacudidas espasmódicas) producidos por la misma, y acariciando el perro faldero que le acompañaba -después de que todos sus huesos volvieran a encajarse en sus cuévanos carnales de origen-, continuó dirigiéndose a la niña:
-Mandó que se lo construyeran a su gusto. Fíjate: el casco es de acero; del más noble. Las calderas tienen la misma potencia que las que poseen los grandes buques... Las velas, querida, no son de utilidad alguna; pero él, viejo romántico, quiso que las instalasen para dar al barco el ilustre aspecto de una antigua fragata...
La niña, algo distraída, escuchaba. Jugueteaba con unos recipientes de vidrio que contenían diversos frutos y raíces. Otros encerraban, mimosamente, acariciadores líquidos.
...
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6
Encuentro en un motel
(Muestra del Relato)
Autor: Antonio Gualda Jiménez
8 Copyright by Antonio Gualda Jiménez; 1999. (Obra registrada en la Propiedad Intelectual).
Publicado en papel dentro del libro “TALES RELATOS” DE Antonio Gualda,
por el Círculo Artístico “Leonardo da Vinci” el 10 de Octubre de 2005.
Esta muestra es el comienzo del Relato:
-Pasa; la puerta está abierta.
El pomo fue girado desde el exterior. Enseguida, una dama de porte elegante entró. La noche había caído, pero la estancia recibía la suficiente luz, que provenía de las farolas que se habían plantado anárquicamente en la calle, carretera de vía estrecha que atravesaba la pequeña población de cabo a rabo.
-No es necesario que enciendas...
-Está lloviendo.
-Sí, lo sé. He permanecido aquí, con la ventana abierta, durante toda la tarde. He estado viendo cómo las gotas de agua percutían sobre la tierra hasta llegar a horadarla... Ya se han formado charcos...
Resultaba evidente que el pavimento urbano no había llegado, quizás más por suerte que por desgracia, hasta aquella apartada ciudad del sur.
La misteriosa hembra recién llegada se retiró con donaire la capucha que le había estado protegiendo la melena de la lluvia, mas conservó echada sobre sus hombros la amplia y larga capa. Mediante un par de ágiles y felinos movimientos se sentó enfrente de su anfitrión, al otro lado del pequeño velador.
"¡Y velabas mi sueño desde el tablado!" -retiró, suavemente, el delgado libro que había sobre la mesita.
-¡Ah! El libro de poemas... ¡Qué lejos me queda! Dame, lo guardaré. Se trata de un libro que ya no me gusta... -no quiso mirar a los ojos de la recién llegada, lo que ésta pudo advertir con nitidez.
...
De Olga Charles
Recibido el lunes, 17 de marzo de 2003 a las 8 y 26.
Felicidades, Antonio:
Me gustó mucho tu relato, tan bien construído, pleno de imágenes
poéticas y con una trama muy bien seguida que tiene un desenlace
sensacional e inesperado.
Me dejó "irisada" la piel.
Gracias:
OLGA
p.d. Has de saber que las décimas las escribí aquí por equivocación,
pero me alegro de haberlo hecho, porque tuve una respuesta deliciosa.
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7
¿Desde el talgo, en marcha?
(Relato completo)
Autor: Antonio Gualda Jiménez.
8 Copyright by the Author.
(Obra Registrada en la Propiedad Intelectual).
Había pasado por una verdadera odisea desde que, a mitad de mañana, tomase el autobús en Valencia. Tenía mi billete para el tren que me habría de llevar, de regreso, desde la capital levantina hasta Granada. Era uno de los primeros años de la década de los noventa del Siglo XX (creo recordar que se trataba de 1.991). Venía de asistir a un congreso que me había dejado muy buen sabor de boca. Pero en los dos últimos días, con sus noches incluidas, habíase hecho presente una de esas -tan temidas en Levante- Grandes Gotas Frías. Los campos habían quedado inundados, como las calles de la propia Valencia, en la que las alcantarillas no daban abasto para hacer desaparecer los grandes charcos de agua que se habían formado.
Llegado a la estación de ferrocarril de la ciudad (situada en pleno centro, y a pocos metros de su plaza de toros, con la que conforma un maravilloso paisaje urbanístico), nos comunicaron, a los viajeros, que no podríamos hacer la primera parte de nuestro trayecto en tren, dado que muchos tramos de las vías, hasta Alcázar de San Juan, estaban bajo el agua. La situación en las carreteras se presentaba algo mejor, por lo que la RENFE había dispuesto una serie de autobuses para que los viajeros pudiésemos acceder a la susodicha estación -importante nudo ferroviario- manchega. Allí deberíamos tomar un tren que procedía de Madrid para bajar sobre el mapa hasta Granada.
Mal que bien, los restantes viajeros y un servidor pudimos llegar a Alcázar, en donde nos encontramos con una espectacular masa de personas, viajantes en ciernes, en espera de efectuar los transbordos que más conviniesen a sus intereses.
En tales circunstancias, y dado mi significado aturdimiento, cuando me encontré rodeado de tanta gente, tardé algunos minutos en tomar conciencia de en dónde me encontraba. Frente a los andenes, unos enormes graphitys psicodélicos adornaban las grandes paredes exteriores de las discotecas del pueblo, que flanqueaban las vías del oeste de casi toda la estación; lo que aumentaba mi sensación de mareo, solamente comparable a la que había sentido, bastantes años atrás, cuando por primera vez escuché "I am the Walrus" y el "Magical Mistery Tour" en el dormitorio de un amigo, iluminado -la estancia, no mi amigo-, a la sazón (o mejor expresado: sazonado), con luces rojizas intermitentes y envolventes.
La marea de gente no se desplazaba en una única dirección ni en un solo sentido, sino por riadas que iban y venían. Todo ello, eso sí, bajo el espléndido sol de las primeras horas vespertinas.
Conseguí enterarme de que debía esperar un tren que habría de efectuar una corta parada, al cabo de un par de horas. Mi billete me daba derecho a montar en el mismo. No obstante, un tren Talgo pasaría dentro de media hora...
Tras unos minutos de titubeo, decidí que sería mejor tomar el Talgo, cosa que me aconsejaron que no hiciera, pues el importe del viaje en el tren articulado era sensiblemente superior al del que yo llevaba en el bolsillo. Supuse que no habría inconveniente en que, una vez en aquél, abonando la diferencia, podría terminar mi accidentado viaje sin más problemas.
Como siempre que me pongo a "suponer" (vulgo: "un poner"), supuse mal.
Subí al esperado tren, experimentando una indescriptible sensación de alivio, por el hecho de haber conseguido librarme del gentío informe (parecido al de la Puerta del Sol de Madrid, a las cinco de la tarde de un sábado) y del panorama psicodélico, el mismo que, en otras ocasiones, y en viajes sin incidentes, se me había antojado como una magnífica muestra de la creatividad popular.
Busqué los vagones de segunda clase, con la incomodidad que supone andar por un tren, si se va cargado de un estrepitoso equipaje, bagaje o, para ser más exacto con la descripción, impedimenta. Todas las plazas de segunda estaban ocupadas. ¿Qué hacer? Los asientos de la barra del bar estaban, igualmente, saturados.
De forma y manera que me vi abocado a recalar en los vagones de primera clase. (Ya intuía problemas, pues, mi billete, era de segunda). Efectivamente, la intentona resultó inútil: todo estaba ocupado. (Si los vagones de primera y los de segunda estaban repletos ¿cómo se justificaba la presencia de los pasajeros que estaban en el bar?).
Decidí, entonces, quedarme en el descansillo-apeadero de uno de los vagones de primera, a la espera de que apareciese el revisor.
El tren avanzaba a gran velocidad y el vértigo retornó a mi ánimo. El paisaje cercano parecía el de una película en vídeo, rebobinándose a gran velocidad. Recordé, con desasosiego, algunas escenas cinematográficas en las que los malos caían desde un tren en marcha, haciéndose añicos al tomar tierra; y aquéllas en las que a los buenos les sucedía algo parecido, pero saliendo, obviamente, ilesos.
Por lo que se pudiese presentar, efectué un rápido repaso a mi conciencia, un escaneo moral. ¿A qué apartado pertenecería yo? ¿Al de los buenos o al de los malos? Imposible descifrar el resultado de esa discusión, tan aturdido como me encontraba.
-¿Qué hace usted aquí? -la voz del revisor, a mis espaldas, me hizo dar un salto respingón-.
-Pues... estoy viajando.
-Caballero, está prohibido viajar de pie.
Expliqué al buen hombre, como pude, mi odisea.
-No es posible acceder a lo que me propone. El tren va completo y usted no puede ocupar ningún asiento. Tendrá que bajar en la próxima estación.
Lo que me había temido. Al menos, no tendría que tirarme del tren en marcha. (¡¿O sí?!).
(Eché una rápida ojeada a la campiña, que se deslizaba, en sentido contrario al del ferrocarril, con verdadera mala uva).
Rogué por tres veces al buen hombre. Yo quedaría en una estación desierta, en plena campiña y sin posibilidad de volver a mi ciudad en el mismo día, si no daba su brazo a torcer.
Mi cansancio era extremo...
"Sí: lo entiendo. Pero póngase en mi lugar: podrían instruirme un expediente disciplinario si le dejase viajar aquí".
Me comunicó, igualmente, que el tren que yo debía haber tomado en Alcázar venía, también, completo.
Se alejó con indiferencia, dejándome el ánimo severamente dañado. Recordaba mi intervención en el congreso, que había resultado más que satisfactoria. Me había felicitado todo el mundo. ¿Qué pensarían de mí mis colegas, si me pudiesen ver en aquellas circunstancias? Lejos quedaban los aplausos que el auditorio me dedicara, al tiempo que se me hacían presentes las malas experiencias que, muchos años atrás, tuviese en la mili, en donde mi autoestima había quedado al nivel de la de un piojo. Yo, en aquel tren, no era nadie; no era nada. Me sentía como un Hitler al que se le cayeran los pantalones ante una multitud pangermánica durante la exhortación de una arenga.
¿Cuánto tardaría en aparecer la estación en la que habría de abandonar el tren? Habiendo efectuado el trayecto Granada-Madrid en innumerables ocasiones, no acertaba a recordar cuáles eran los puntos de parada entre Alcázar de San Juan y ¿mi destino? Pero, habiéndose presentado torcido el día, seguro que el tren no tardaría en detenerse. Yo sería barrido del mismo, tal como el bedel del profesor Tragacanto sacaba a los chiquillos del aula.
Me parece mentira que, con mi ya más que notable número de años vividos, me sintiese como un pichoncillo acobardado. Habían transcurrido más de dos décadas desde que en la mili experimentase una sensación similar: como un recogedor de mierdas de los caballos que van abriendo las procesiones de Semana Santa, dicho sea todo esto con el máximo de los respetos para los funcionarios que ejercen tan noble y limpia labor, que si no fuese por ellos ¿qué sería de las calles de nuestras ciudades, si alguien no se encargase de limpiarlas de los excrementos de esos alazanes? ¿Es que no resultaban más que suficientes los regueros de cera que los cirios que portan los penitentes -ahora se dice nazarenos, y, como mal menor, cofrades- dejan sobre nuestras avenidas, bulevares y alamedas?
Sí; me parece mentira; más, ahora que me encuentro recordando los avatares de aquel día, plácidamente sentado ante un teclado, embutido en mis cómodas ropas de estar por casa -imagínese el lector: camiseta de franela de manga larga, sobre la que llevo un jersey de lana, gris oscuro, que ya no recuerdo de qué color era cuando lo compré; y, rematando mi atuendo, calzones largos blancos, también de franela, en los que las muescas de los años se cuentan por manchas que protejo de la lavadora echándoles barniz, por dentro y por fuera, que no soy yo persona dada a olvidarme de mis recuerdos, por nimios o memos que puedan resultar a los demás-.
¿Cómo pude sentirme tan inseguro?
Mi corazón saltaba agitado cada vez que escuchaba el ruido de los pasos de quienes se acercaban a mi posición ¿de privilegio? Esperaba, sin desearlo, que el revisor, inspector, o lo que quiera que fuese, apareciera para darme el aviso: "Amigo: en dos minutos, el tren se detendrá. Prepárese para ahuecar el ala". ¡Claro! "¡Ahuecar el ala!". De ahí que me sintiera pichón y no paloma. (Al menos, no me recuerdo como un palomo cojo).
La gente pasaba, entre risas y charlas animadas. Los que venían del vagón del bar eran los más ruidosos. (¡Qué buenas, las petacas de brandy -coñac, para entendernos- que sirven en las cafeterías de los trenes!).
-Caballero -la voz fatídica sonó, por fin-, dentro de dos minutos, este tren Talgo efectuará su próxima parada.
("¡Qué susto!").
Mecánicamente, tomé mi equipaje -demasiado voluminoso para la importancia del viaje-, al que yo veía como a aquel viejo petate que tantas veces hubiese de acarrear en mi largo año militar.
-Sígame.
No comprendía. Se suponía que yo debía permanecer donde estaba -junto a una de las portezuelas de desembarque- para bajar cuando el tren se detuviera...
-Una pareja que viaja en este vagón desalojará sus localidades, pues bajan en la próxima estación. Venga conmigo.
Una vez vacíos los asientos, me acomodó, permitiéndome que en uno de ellos depositara mis bultos. Mi semblante debió de haber cambiado, ya que el hombre siguió hablándome amistosa y comprensivamente.
-Podrá quedarse aquí hasta que lleguemos a la estación de Moreda. En ese momento está previsto que otra pareja suba al tren para ocupar estos asientos.
"Y, luego, a la calle", pensé. Bueno; algo era algo. Pero, ¿a qué distancia estaba Moreda de Granada; o, para mejor decir: "la estación" de Moreda? Recordaba vagamente que la susodicha estaba situada en la mitad misma del campo, y que no se divisaba población alguna desde ella.
De hecho, no pude sumergirme en mis tribulaciones (ya llegarían cuando bajase en dicha estación).
Frente a mí había un matrimonio de raza negra que me hizo olvidarme de mi propia existencia, a Dios gracias. Aparentaban cierta distinción. Él, corpulento y de semblante complacido. Ella, alta, delgada y elegantemente vestida.
Inmediatamente, entraron en conversación conmigo. Se trataba de un médico y de su esposa, que hacían turismo por España. Hablaban castellano lo suficientemente bien como para hacerse entender y como para comprender las escasas palabras que yo estaba en disposición de pronunciar.
Olvidándome del problema que me acuciaba, mi proverbial hospitalidad propició que me convirtiese en una especie de improvisado cicerone del matrimonio. Fui embutiéndome en el paisaje; les explicaba lo poco o lo mucho que sobre el mismo conocía. Se maravillaron al llegar a Despeñaperros. Se maravillaron al contemplar las inmensas manchas de olivos que la zona ofrecía.
"¡Qué buena agricultura tienen ustedes!".
Pensándolo bien, sí. La zona era rica en el cultivo de la aceituna. Yo sabía que por allí abundaban lo que, antiguamente, denominábamos "tejares".
Hablamos, también, de la Facultad de Medicina de Granada, que podrían visitar durante los próximos días... Y de la Alhambra, del Albaycín, de la Cartuja de Granada, de la Catedral, de la tumba de los Reyes Católicos, sita en la Capilla Real, de Sierra Nevada, de los cultivos tropicales de la costa, y de los extratempranos (¡el milagro de los invernaderos!)...
Me preguntaban por detalles y por más detalles de todo ello. Yo iba desgranando, incluso, bonitos recuerdos de mi primera juventud, cuando solía conducir a algún amigo o pariente visitante al Sacromonte, a la Chumbera (desde la que la puesta de sol de Granada es aún más hermosa, pues se divisa la Alhambra, a su izquierda, y el Albaycín a su derecha; la ciudad de Granada, al fondo, difuminándose entre la vega, de la que apenas emergía el monte de Alhendín...; y el mismísimo Sacromonte, en cuyo corazón sigue enclavado ese local turístico y su espléndida terraza...).
Se mostraban deseosos por llegar, pues, aunque se habían estudiado los folletos turísticos, comprobaban que, con una compañía como la mía, el conocimiento de Granada podría llegar a ser más sabroso.
-Ya llegamos a Moreda-estación. Estése atento -el revisor hizo que volviese a la realidad, de cuajo-.
Mis ya amigos viajeros no comprendían...
-El tren efectuará una parada de unos veinte minutos, mientras se produce el desenganche de los vagones que tienen como destino Almería. Puede seguir donde está mientras no aparezca la pareja que tiene reservados estos dos asientos.
"¿Y si mis vecinos de raza negra me hacían un sitio entre ellos?", pensaba, con gran optimismo, ya que no me lo habría de permitir el celoso funcionario.
Como si no hubiese sido conmigo, permanecí en "mi" asiento, en la esperanza de que pudiese librar una triunfante batalla dialéctica con cualquiera que pretendiese ocuparlo.
El tren se detuvo. Nadie subía.
El vehículo articulado efectuó una serie de maniobras, más propias de los cochecitos de una feria que de un ferrocarril de alta tecnología.
Mis amigos me miraban fijamente, sin comprender el mutismo que se había apoderado de mí desde que el revisor me dirigiese sus últimas palabras. ¡Natural!: yo estaba más callado que un cadáver. En mi fuero interno, fuera de mi interna consternación, albergaba la idea (decir "esperanza" quizás hubiese resultado exagerado) de que nadie vendría a quitarme "mi" sitio.
El tren se puso en marcha, de nuevo. "¡Otra maniobra!", pensé.
Transcurrieron un par de minutos y la maniobra no cesaba. El tren cogía, a cada momento, más velocidad.
-Caballero: no se han presentado los dos pasajeros que tenían reservados los asientos que está ocupando. Puede continuar el viaje hasta Granada... previo pago del importe por la diferencia de precio del billete que lleva con el del que le corresponde en este tren: son seis mil doscientas cuatro pesetas.
Busqué en los bolsillos, lleno de alegría. Saqué el dinero. Mas sólo tenía cinco mil pesetas. (Por regla general -y natural-, suelo apurar el dinero en mis viajes casi hasta el máximo, reservándome sólo un poco, para el taxi que tomo en la estación de destino). La angustia se reflejó en mi rostro. A un taxista se le puede decir que le pagarás con el dinero que tu mujer te entregue al llegar a casa; pero a un revisor de tren no puedes obligarlo a que te lleve con el aparatoso vehículo hasta la misma puerta de aquélla. Creo que eso resulta bien claro.
(Vamos: al menos, eso es lo que yo pienso).
Pero todas mis tribulaciones desaparecieron cuando el doctor sacó un billete de dos mil pesetas y se lo entregó al revisor.
-Puede quedarse con la vuelta.
Una vez abandonado el tren, en la estación de ferrocarril de Granada, tanto el matrimonio con el que había trabado amistad, como yo mismo, nos dirigimos a la salida de aquélla en busca de sendos taxis, habiéndonos cruzado, previamente, nuestras tarjetas. Ellos me dieron, también, el nombre del hotel donde se iban a alojar, con número de teléfono incluido.
Una muchedumbre se echó, literalmente, encima de la hilera de taxis. Mis amigos llegaron mucho antes que yo, pues mi equipaje me impedía caminar con celeridad. No obstante, conseguí acceder a la primera línea de embarque. Comprobé, con asombro, que los taxistas hacían caso omiso de la presencia del educado matrimonio, tomando, en todos los casos, a los pasajeros que, en la cola, estaban situados detrás de los dos turistas que me hicieran salir del - para mí- amargo trance.
Me llegó el turno. Ellos permanecían, de pie, atónitos.
Una vez me introduje en el asiento delantero del auto que me tocó en suerte, dije al chófer, clara y contundentemente,: "Estos señores vienen conmigo".
Los dejé en el hotel, situado en el centro de la ciudad. Desde ese punto, hasta mi domicilio, medité largamente acerca de los problemas que, a veces, se les presentan a los viajeros; sobre todo, si son extranjeros y de otra raza. Mi odisea se me antojó, entonces, una pequeñez, comparada con los desaires que mis dos compañeros de viaje habían sufrido.
Al llegar a casa, mi esposa bajó del piso y pagó al taxista.
FIN
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8
Un extraterrestre en el ordenador
(Muestra del Relato)
(Relato de Antonio Gualda Jiménez.
8 Copyright Junio 1997).
entrando en su sección de "Cuentos y Relatos" y buscando en la misma por el primer apellido del autor ( Gualda )
Esta muestra es el comienzo del Relato:
Bien; aquí estoy sola en la playa. Desnuda en una playa de nudistas. Si no es por que lo diga yo. Es que hay un letrero ahí que dice: "Playa de nudistas".
¿Cómo salgo yo de aquí, ahora? Mis compadres han debido perderme la pista, y no tengo mi vehículo a mano. ¿Dónde estará? Además: ¿cómo llegar hasta el mismo? Porque, lo que es andando... Como es pleno invierno, no se ve a nadie por aquí. ¡Ay, qué "leñe"! ¿Por qué se me ocurriría ofrecerme como voluntaria?
He debido estar durmiendo un montón de horas. Los rayos de sol me han despertado violentamente. Encima, noto, aún, los efectos de la resaca. ¡Qué malo es el alcohol! ¡Yo, que nunca había bebido...!
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